La memoria musical (Parte
2…)
No es karma,
solo causa y efecto… | Jorge Enrique Macías
L
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a idiosincrasia mexicana reverencía a las mamás sobre todas las cosas,
sean ellas buenas o no tanto, son madres y eso lo dice todo. El nueve de Mayo
en la noche, nos reuníamos los hermanos más unos cuates con guitarras y cuanto
instrumento se dejaba, generalmente melódica, panderos, claves y hasta castañuelas,
lo que se tocaba en la clase de música de la secundaria. Laura por supuesto
estaba ahí, siempre junto a mí. El hecho es que esa noche nos íbamos a un
parque a ensayar las de “rigor” para la serenata del 10 de Mayo, el día de las
madres. Se acuerdan? Claro que era un relajo, estábamos con los cuates, era
música, era confianza, eran risas, era la noche solo para nosotros, caminando
por calles desiertas y obscuras de una casa a otra.
A las doce de la noche, comenzaba todo: Llegábamos a la casa de “la mamá”
y comenzábamos a cantar, claro eso decíamos nosotros– a nosotros nos sonaba
bien - a ellas, las mamás, les fascinaba! Comenzábamos con “Despierta dulce
amor”, seguido con “Página Blanca” y no recuerdo que más, pero terminábamos la
ronda con… “Las tradicionales Mañanitas”; Las mamás felices, salían y nos daban
las gracias. Mis amigos siempre recuerdan y por supuesto yo también, una
ocasión en donde mi mamá se levantó y le pidió a mi papá hacer rompope casero,
mmmm que delicia y claro tenía “piquete” – alcohol -, creo le echo ron. Todos
felices y ya medio “flameados” y calientitos, nos fuimos a seguir con las demás
mamás. Mi papá fue el héroe de esa serenata, por ¡¡obvias razones!! ¡Gracias
papá! A las seis de la mañana del 10, tenía que terminar todo pues había que
trabajar en la mañana y en la tarde a la escuela.
En mi servicio social de la Vocacional me la pase buena parte de tiempo
en el transporte público, en especial aquel que va a los alrededores de la
ciudad de México, es muy idiosincrático y afectuosamente les llamábamos “guajoloteros” o “chimecos”.
Para comenzar, los camiones son o eran de lo más colorido que hay, tienen
canastilla en el techo y un olor a diesel, por dentro y por fuera. Los
pasajeros son de varios tipos, urbanos, suburbanos y totalmente campiranos. De
ahí se deriva la carga que llevan, pues transportan mercancía que compran o
venden en ambos lados de su destino. Así que era común ver gallinas, guacales
con verdura y fruta, manojos de flores o de ajos, cajas de refrescos, de huevo,
de herramienta, periódicos y revistas, comida preparada para vender y para el “tentempié
del camino” y ¡claaaaro! pulque (tlachicotón o neutle en náhuatl etc;) con su
olor penetrante de fermento, con sabor a gloria y tan nutritivo que como dicen
“solo le falta un grado para ser carne”. Pero no se vaya a usted a creer que
los choferes no ponían un aromatizante para el “buen olor” de su unidad, no
señor, ellos tenían su buena dotación de “Antifuchi” y de “Chica Fresita” para
combinar con los otros aromas que se permeaban en la atmosfera móvil. Mmmm… era
la delicia de las moscas y de todos los bichos que se metían al camión, pero
menos para nosotros los pasajeros! Los olores en la cabina de esos monstruos de
metal eran múltiples, desde aquellos que ofenden la nariz hasta aquellos que la
incitan a seguir oliendo. Y para completar la experiencia organoléptica, los
sonidos. Al margen de los producidos por los potentes motores diesel y los
chirridos de frenos con las constantes paradas y acelerones, estaban los gritos
de los cobradores (sí, había uno dentro y otro sobre la canastilla de la
mercancía). Ellos ordenaban el pago, acomodarse y moverse para atrás y
proferían uno que otro piropo a las señoritas que subían y muy galantemente les
buscaban un buen lugar. Toda esta experiencia se movía y desarrollaba con la
mas variada música tropical, siempre bullanguera, ¡jacarandosa! El chofer y su “matarife”
traían, mínimo la Tropi-Q, estación de radio de la época. Donde Rigo Tovar y su
Costa Azul sacaba el tema de “El Sirenito”,
o el buen Chico Che y la Crisis aullando “Ton´s que mami”, llenando de sonrisas
y uno que otro paso de baile a los atiborrados pasajeros <<“Carmen, se me
perdió la cadenita” – a ti y el Nazareno, a ti y al Nazareno>>—decía. Y
en ese ambiente tan “intimo” (por lo apretado) también se oía muy ad hoc <<“No te metas con mi cucú”
--- yo quiero una tocadita, que lindo es tu cucú, redondito y suavecito>>
– de la Sonora Dinamita.
Los momentos románticos con el pelo plateado y líder de La Sonora
Santanera con “Perfume de Gardenias” haciendo al chofer, Ya con pocos
pasajeros, cantar y arrancar uno que otro suspiro de alguna niña pasajera. Sin
excepción, todos agarrados hasta con las uñas de los pies, pues los conductores
son unos ca…. digo, cafres. Laura riéndose, todo el tiempo. Siempre oyendo los
incesantes coros de “¡baaaajaaaann chofer!”, “¡Ora chofer, no traes animales!”,
¡¡con cuidado guey!! ¡Vaaamonooos chofeeeeeeerrrr¡ -diría Chava Flores- en su
Mexico Distrito Federal.
El tiempo de la Vocacional o para que me entiendan la mayoría, la prepa.
Soy “burro blanco” del Poli, ¡a mucha honra! Es el comienzo de mi vida, mi vida
real, digamos la ya medio consiente. Por fin mi mente se abría, se nutria.
Miles de ideas, de sentimientos y de temores. Tan fue así que como que
“desapareció” la música en ingles. Fue tiempo de apertura a todo – todo - el
amor, la conciencia política y la social, la vocación a mi profesión y mi
comienzo a pensar en la gente con una dimensión diferente y mas desde un punto
de vista de la vida, mi vida. Tan extremo era el asunto y a veces tan disímbolo
que podía oír-sentir “A escondidas” y “Jamás” con Camilo Sesto, en mi citas
clandestinas con Laura en la casa de su hermana, y mas tarde sentir hervir mi
sangre, el coraje intenso, como nunca en mi vida de querer matar a alguien, a
un “porro” (parásitos del régimen, golpeadores a sueldo de las autoridades)
cuando escuchaba a Facundo Cabral con “Pobrecito mi patrón” o Víctor Jara y “Te
recuerdo Amanda” o cualquiera de Pablo Milanés o de Silvio (Silvio Rodríguez).
Decenas de salidas a los bosques de
Salazar y la Marquesa y el canto de Serrat, Jose Luis Perales y Alberto Cortés,
felices, empapados y siempre ¡famélicamente hambrientos! Interminable partidos
de “tochito” y yo rompe y rompe pantalones y mi mamá reparándolos siempre.
Momentos inolvidables de inocencia innata al ver a Jaime, Carlos y la “Gelos”
bailando “La Boa” de La Sonora Santanera entre las clases o cuando
inesperadamente pasaba Carlos “nadando” por la ventana del salón en medio de la
clase de Física con “el Neri” haciendo que explotaran literalmente risas y
rechifla de todos nosotros, incluido “el Neri” nuestro querido y chaparrín
profesor Oaxaqueño. O las “bolitas” en el metro con Jaime como merolico y
recitando el “Fosfovitacal”... “Que no le digan que no le cuenten, aquí traemos
el fosfovitacal, fosfo por que tiene fosforo, vita por que tiene vitamina y cal
porque… tiene Calcio, pero llévelo y vera”……, y la gente
“zonza” arremolinándose, asomándose y
hasta queriendo comprar!! jejejejejeje que tiempos. Quizás mis mejores.
Con mi llegada a la carrera las cosas se fueron haciendo mas serias,
tanto en mi relación sentimental con Laura como con mi vocación de biólogo. La
música en ingles regreso, pero la Nueva Trova Cubana se mantuvo como un icono
de conciencia y de meta a pensar en la gente. La Biología encontró un lugar
donde recrearse en mi ser, en mi cabeza, en mis piernas e incluso mi panza. Mi
carrera paralela de tragón, se ampliaba y enriquecía. En ese entonces me
encontré a Chucho y los libros entraron en tropel, literalmente, a mi cuarto,
sobretodo esos de “usado” y en ingles. Mi carrera de libros usados tuvo su
mayor disfrute y pináculo cuando conseguí por solo 25 pesos (sin remordimiento
alguno me atreví a regatear –le baje $ 5.00 pesos jajajajajaja!) nada menos y
nada mas que la primera edición (1859) del
¡¡¡Origen de las Especies de Darwin!!! ¡Échense ese trompo a la uña! ¿Se
imaginan y yo Biólogo? Salí de la librería con cara de jugador de póker (pues
no quería que el tipo se enterara de la metida de pata que dio y me
detuviera), apenas llegue a la esquina,
brinque como poseído y bailaba al ritmo de “Asereje” con las Ketchup y la gente
solo se me quedaba viendo. Ese libro posteriormente pago el menaje completo de
casa de Mexico a Canada, ¡¡fue valiosísimo para mi y mi familia!! Durante mi
aprendizaje de la Biología, como que me “afine” o me “instruí” un poco y la
música de jazz comenzó fuerte en mi cotidianidad, Stan Getz, Gato Barbieri, Al
Dimeola, Bob Jame y Spiro Gira. La mejor parte de mi vida de estudiante se estaba
abriendo por completo. Si uniera todos los viajes de prácticas que realice en
mis cinco años de carrera, fácilmente serian tres meses continuos de viajar por
la bella e increíble diversidad de Mexico. Viajes en compañía de condiscípulos
y profesores que contribuyeron a la experiencia más importante de mi vida
académica. La música por supuesto era mi compañera también en esos “ires y
venires”, Neil Diamond, Bread, Chicago, Silvio Rodríguez y Meche Hidróxido de
Sodio como cariñosamente le llamábamos a Mercedes Sosa (chiste “nerdiano”
dirían hoy). Toda ella salía de una grabadora Panasonic con micrófono externo.
Aparato que fue testigo íntimo de todo lo que mi cabeza y corazón pasaba, fue
más que mi fiel compañera, fue mi confidente. En medio de todo esto, Laura
trabajando en un laboratorio y luego en un Sanatorio, ambos trabajando y
construyendo, sin saberlo, una relación de por vida. Especial memoria me trae
un “mix” llamado “Atrapados en los Clásicos”, que integraba varios temas de música
clásica y se llevaba con un ritmo rápido y tipo “bumping”. Con el, recuerdo
claramente una colina donde solo había pastizal, creo el Estado de México. Ahí,
“el Taquero” (como cariñosamente le decíamos a Roberto Cruz, mi mejor maestro e
inspiración de la carrera), nos puso a medir un índice de biodiversidad (creo
Línea Canfield) y todos “panza al suelo” y al ritmo de esa música
identificábamos y contábamos plantas. El sentimiento de felicidad era plausible,
o como decirlo, completo es el término que engloba mi sentimiento de esos
momentos.
Después de una semana de colecta en la sierra de San Luis Potosí, llegamos
al pueblo más cercano, todos sucios, cansados, sudorosos, sin bañar y ocurrió
una de las tragazones más memorables de mi vida de estudiante. Oscar, Joaquin,
Raul, Salvador y yo, terminamos literalmente con un carrito de tacos de cabeza
de res, casi 200 tacos, con sus respectivas charola de verdura, ¡¡dos charolas
de salsas y dos cajas de refrescos!! Jajajajajaja ¡¡El taquero estaba asombrado
pero feliz!! Se llevo hasta su buena propina. Toda esta degustación maravillosa
al son de los Tigres del Norte y su “Camelia la Texana”.
Ya mas al final de la carrera en un campamento “relámpago” de fin de
semana en Presa Iturbide, hubo de todo, pero sin lugar lo caracterizó la mayor guarapeta que yo haya
presenciado. Digo presenciado, por que yo no participe, digo, en esa jajajajaj.
La Chinche (Leticia) molestando todas las dos noches con “recuérdame” (del
comercial del gansito Marinela). Laura la quería ¡matar! Juegos de todo tipo,
caminatas por la orilla de la presa, uno que otro “nadando” en las aguas
fangosas, fogatas de toda la noche y botellas de chupe por doquier. La culminación
de la borrachera y del campamento fue una nota colorida que todos siempre
recordaremos. Joaquín (mi querido amigo desde la “secu”) y no recuerdo quien
mas de repente, en la noche, estaban persiguiendo con preocupación a otro compañero (no digo nombre para no
causar resquemor con el ahora profesor) rogando y diciéndole “déjate meter el dedo, déjate meter el dedo” ¡No
lector no sea mal pensado! lo que pasa es que lo querían hacer vomitar pues nuestro
querido condiscípulo estaba malísimo y tenia que sacar todo el alcohol ¡que había
ingerido! Jajajaja. ¿La música de fondo? Música Disco en todo su esplendor,
Gloria Gaynor, Madona, Culture Club, Duran Duran, Queen y claro Michael Jackson,
estábamos llegando al final de los 80’s.
Estos viajes se juntaron con los de mi primer trabajo como Biólogo en la
SARH. Ambos contribuyeron a mi larga experiencia de viajar. Manejando por horas,
a veces muchas, hacia el norte, sur, este y oeste. Por caminos remotos, cruzando
ríos, campos de amapola (custodiados por gente armada), puentes colgantes, conociendo
y disfrutando de gente, esa gente tan especial del campo y de la que tanto he
aprendido. Conociendo de primera mano la biodiversidad de todo el país y
disfrutando (y a veces sufriendo por las enchiladas con chile “campana” que
siempre “pica y repica” cuando va de “salida”) de la comida de nuestro país,
muy especialmente Oaxaca. Pero aquí le paro y dejo estas experiencias “pa’l
siguiente compa” como dicen en el Norte.
Jorge Enrique Macías

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