miércoles, 15 de agosto de 2012


La memoria musical (Parte 2…)
No es karma, solo causa y efecto… | Jorge Enrique Macías



L
a idiosincrasia mexicana reverencía a las mamás sobre todas las cosas, sean ellas buenas o no tanto, son madres y eso lo dice todo. El nueve de Mayo en la noche, nos reuníamos los hermanos más unos cuates con guitarras y cuanto instrumento se dejaba, generalmente melódica, panderos, claves y hasta castañuelas, lo que se tocaba en la clase de música de la secundaria. Laura por supuesto estaba ahí, siempre junto a mí. El hecho es que esa noche nos íbamos a un parque a ensayar las de “rigor” para la serenata del 10 de Mayo, el día de las madres. Se acuerdan? Claro que era un relajo, estábamos con los cuates, era música, era confianza, eran risas, era la noche solo para nosotros, caminando por calles desiertas y obscuras de una casa a otra.

A las doce de la noche, comenzaba todo: Llegábamos a la casa de “la mamá” y comenzábamos a cantar, claro eso decíamos nosotros– a nosotros nos sonaba bien - a ellas, las mamás, les fascinaba! Comenzábamos con “Despierta dulce amor”, seguido con “Página Blanca” y no recuerdo que más, pero terminábamos la ronda con… “Las tradicionales Mañanitas”; Las mamás felices, salían y nos daban las gracias. Mis amigos siempre recuerdan y por supuesto yo también, una ocasión en donde mi mamá se levantó y le pidió a mi papá hacer rompope casero, mmmm que delicia y claro tenía “piquete” – alcohol -, creo le echo ron. Todos felices y ya medio “flameados” y calientitos, nos fuimos a seguir con las demás mamás. Mi papá fue el héroe de esa serenata, por ¡¡obvias razones!! ¡Gracias papá! A las seis de la mañana del 10, tenía que terminar todo pues había que trabajar en la mañana y en la tarde a la escuela.

En mi servicio social de la Vocacional me la pase buena parte de tiempo en el transporte público, en especial aquel que va a los alrededores de la ciudad de México, es muy idiosincrático y afectuosamente  les llamábamos “guajoloteros” o “chimecos”. Para comenzar, los camiones son o eran de lo más colorido que hay, tienen canastilla en el techo y un olor a diesel, por dentro y por fuera. Los pasajeros son de varios tipos, urbanos, suburbanos y totalmente campiranos. De ahí se deriva la carga que llevan, pues transportan mercancía que compran o venden en ambos lados de su destino. Así que era común ver gallinas, guacales con verdura y fruta, manojos de flores o de ajos, cajas de refrescos, de huevo, de herramienta, periódicos y revistas, comida preparada para vender y para el “tentempié del camino” y ¡claaaaro! pulque (tlachicotón o neutle en náhuatl etc;) con su olor penetrante de fermento, con sabor a gloria y tan nutritivo que como dicen “solo le falta un grado para ser carne”. Pero no se vaya a usted a creer que los choferes no ponían un aromatizante para el “buen olor” de su unidad, no señor, ellos tenían su buena dotación de “Antifuchi” y de “Chica Fresita” para combinar con los otros aromas que se permeaban en la atmosfera móvil. Mmmm… era la delicia de las moscas y de todos los bichos que se metían al camión, pero menos para nosotros los pasajeros! Los olores en la cabina de esos monstruos de metal eran múltiples, desde aquellos que ofenden la nariz hasta aquellos que la incitan a seguir oliendo. Y para completar la experiencia organoléptica, los sonidos. Al margen de los producidos por los potentes motores diesel y los chirridos de frenos con las constantes paradas y acelerones, estaban los gritos de los cobradores (sí, había uno dentro y otro sobre la canastilla de la mercancía). Ellos ordenaban el pago, acomodarse y moverse para atrás y proferían uno que otro piropo a las señoritas que subían y muy galantemente les buscaban un buen lugar. Toda esta experiencia se movía y desarrollaba con la mas variada música tropical, siempre bullanguera, ¡jacarandosa! El chofer y su “matarife” traían, mínimo la Tropi-Q, estación de radio de la época. Donde Rigo Tovar y su Costa Azul sacaba el tema de  “El Sirenito”, o el buen Chico Che y la Crisis aullando “Ton´s que mami”, llenando de sonrisas y uno que otro paso de baile a los atiborrados pasajeros <<“Carmen, se me perdió la cadenita” – a ti y el Nazareno, a ti y al Nazareno>>—decía. Y en ese ambiente tan “intimo” (por lo apretado) también se oía muy ad hoc <<“No te metas con mi cucú” --- yo quiero una tocadita, que lindo es tu cucú, redondito y suavecito>> – de la Sonora Dinamita.

Los momentos románticos con el pelo plateado y líder de La Sonora Santanera con “Perfume de Gardenias” haciendo al chofer, Ya con pocos pasajeros, cantar y arrancar uno que otro suspiro de alguna niña pasajera. Sin excepción, todos agarrados hasta con las uñas de los pies, pues los conductores son unos ca…. digo, cafres. Laura riéndose, todo el tiempo. Siempre oyendo los incesantes coros de “¡baaaajaaaann chofer!”, “¡Ora chofer, no traes animales!”, ¡¡con cuidado guey!! ¡Vaaamonooos chofeeeeeeerrrr¡ -diría Chava Flores- en su Mexico Distrito Federal.  

El tiempo de la Vocacional o para que me entiendan la mayoría, la prepa. Soy “burro blanco” del Poli, ¡a mucha honra! Es el comienzo de mi vida, mi vida real, digamos la ya medio consiente. Por fin mi mente se abría, se nutria. Miles de ideas, de sentimientos y de temores. Tan fue así que como que “desapareció” la música en ingles. Fue tiempo de apertura a todo – todo - el amor, la conciencia política y la social, la vocación a mi profesión y mi comienzo a pensar en la gente con una dimensión diferente y mas desde un punto de vista de la vida, mi vida. Tan extremo era el asunto y a veces tan disímbolo que podía oír-sentir “A escondidas” y “Jamás” con Camilo Sesto, en mi citas clandestinas con Laura en la casa de su hermana, y mas tarde sentir hervir mi sangre, el coraje intenso, como nunca en mi vida de querer matar a alguien, a un “porro” (parásitos del régimen, golpeadores a sueldo de las autoridades) cuando escuchaba a Facundo Cabral con “Pobrecito mi patrón” o Víctor Jara y “Te recuerdo Amanda” o cualquiera de Pablo Milanés o de Silvio (Silvio Rodríguez). Decenas de salidas a los  bosques de Salazar y la Marquesa y el canto de Serrat, Jose Luis Perales y Alberto Cortés, felices, empapados y siempre ¡famélicamente hambrientos! Interminable partidos de “tochito” y yo rompe y rompe pantalones y mi mamá reparándolos siempre. Momentos inolvidables de inocencia innata al ver a Jaime, Carlos y la “Gelos” bailando “La Boa” de La Sonora Santanera entre las clases o cuando inesperadamente pasaba Carlos “nadando” por la ventana del salón en medio de la clase de Física con “el Neri” haciendo que explotaran literalmente risas y rechifla de todos nosotros, incluido “el Neri” nuestro querido y chaparrín profesor Oaxaqueño. O las “bolitas” en el metro con Jaime como merolico y recitando el “Fosfovitacal”... “Que no le digan que no le cuenten, aquí traemos el fosfovitacal, fosfo por que tiene fosforo, vita por que tiene vitamina y cal porque…  tiene  Calcio, pero llévelo y vera”……, y la gente “zonza” arremolinándose,  asomándose y hasta queriendo comprar!! jejejejejeje que tiempos. Quizás mis mejores.

Con mi llegada a la carrera las cosas se fueron haciendo mas serias, tanto en mi relación sentimental con Laura como con mi vocación de biólogo. La música en ingles regreso, pero la Nueva Trova Cubana se mantuvo como un icono de conciencia y de meta a pensar en la gente. La Biología encontró un lugar donde recrearse en mi ser, en mi cabeza, en mis piernas e incluso mi panza. Mi carrera paralela de tragón, se ampliaba y enriquecía. En ese entonces me encontré a Chucho y los libros entraron en tropel, literalmente, a mi cuarto, sobretodo esos de “usado” y en ingles. Mi carrera de libros usados tuvo su mayor disfrute y pináculo cuando conseguí por solo 25 pesos (sin remordimiento alguno me atreví a regatear –le baje $ 5.00 pesos jajajajajaja!) nada menos y nada mas que  la primera edición (1859) del ¡¡¡Origen de las Especies de Darwin!!! ¡Échense ese trompo a la uña! ¿Se imaginan y yo Biólogo? Salí de la librería con cara de jugador de póker (pues no quería que el tipo se enterara de la metida de pata que dio y me detuviera),  apenas llegue a la esquina, brinque como poseído y bailaba al ritmo de “Asereje” con las Ketchup y la gente solo se me quedaba viendo. Ese libro posteriormente pago el menaje completo de casa de Mexico a Canada, ¡¡fue valiosísimo para mi y mi familia!! Durante mi aprendizaje de la Biología, como que me “afine” o me “instruí” un poco y la música de jazz comenzó fuerte en mi cotidianidad, Stan Getz, Gato Barbieri, Al Dimeola, Bob Jame y Spiro Gira. La mejor parte de mi vida de estudiante se estaba abriendo por completo. Si uniera todos los viajes de prácticas que realice en mis cinco años de carrera, fácilmente serian tres meses continuos de viajar por la bella e increíble diversidad de Mexico. Viajes en compañía de condiscípulos y profesores que contribuyeron a la experiencia más importante de mi vida académica. La música por supuesto era mi compañera también en esos “ires y venires”, Neil Diamond, Bread, Chicago, Silvio Rodríguez y Meche Hidróxido de Sodio como cariñosamente le llamábamos a Mercedes Sosa (chiste “nerdiano” dirían hoy). Toda ella salía de una grabadora Panasonic con micrófono externo. Aparato que fue testigo íntimo de todo lo que mi cabeza y corazón pasaba, fue más que mi fiel compañera, fue mi confidente. En medio de todo esto, Laura trabajando en un laboratorio y luego en un Sanatorio, ambos trabajando y construyendo, sin saberlo, una relación de por vida. Especial memoria me trae un “mix” llamado “Atrapados en los Clásicos”, que integraba varios temas de música clásica y se llevaba con un ritmo rápido y tipo “bumping”. Con el, recuerdo claramente una colina donde solo había pastizal, creo el Estado de México. Ahí, “el Taquero” (como cariñosamente le decíamos a Roberto Cruz, mi mejor maestro e inspiración de la carrera), nos puso a medir un índice de biodiversidad (creo Línea Canfield) y todos “panza al suelo” y al ritmo de esa música identificábamos y contábamos plantas. El sentimiento de felicidad era plausible, o como decirlo, completo es el término que engloba mi sentimiento de esos momentos.

Después de una semana de colecta en la sierra de San Luis Potosí, llegamos al pueblo más cercano, todos sucios, cansados, sudorosos, sin bañar y ocurrió una de las tragazones más memorables de mi vida de estudiante. Oscar, Joaquin, Raul, Salvador y yo, terminamos literalmente con un carrito de tacos de cabeza de res, casi 200 tacos, con sus respectivas charola de verdura, ¡¡dos charolas de salsas y dos cajas de refrescos!! Jajajajajaja ¡¡El taquero estaba asombrado pero feliz!! Se llevo hasta su buena propina. Toda esta degustación maravillosa al son de los Tigres del Norte y su “Camelia la Texana”.

Ya mas al final de la carrera en un campamento “relámpago” de fin de semana en Presa Iturbide, hubo de todo, pero sin lugar  lo caracterizó la mayor guarapeta que yo haya presenciado. Digo presenciado, por que yo no participe, digo, en esa jajajajaj. La Chinche (Leticia) molestando todas las dos noches con “recuérdame” (del comercial del gansito Marinela). Laura la quería ¡matar! Juegos de todo tipo, caminatas por la orilla de la presa, uno que otro “nadando” en las aguas fangosas, fogatas de toda la noche y botellas de chupe por doquier. La culminación de la borrachera y del campamento fue una nota colorida que todos siempre recordaremos. Joaquín (mi querido amigo desde la “secu”) y no recuerdo quien mas de repente, en la noche, estaban persiguiendo con preocupación  a otro compañero (no digo nombre para no causar resquemor con el ahora profesor) rogando y diciéndole  “déjate meter el dedo, déjate meter el dedo” ¡No lector no sea mal pensado! lo que pasa es que lo querían hacer vomitar pues nuestro querido condiscípulo estaba malísimo y tenia que sacar todo el alcohol ¡que había ingerido! Jajajaja. ¿La música de fondo? Música Disco en todo su esplendor, Gloria Gaynor, Madona, Culture Club, Duran Duran, Queen y claro Michael Jackson, estábamos llegando al final de los 80’s.

Estos viajes se juntaron con los de mi primer trabajo como Biólogo en la SARH. Ambos contribuyeron a mi larga experiencia de viajar. Manejando por horas, a veces muchas, hacia el norte, sur, este y oeste. Por caminos remotos, cruzando ríos, campos de amapola (custodiados por gente armada), puentes colgantes, conociendo y disfrutando de gente, esa gente tan especial del campo y de la que tanto he aprendido. Conociendo de primera mano la biodiversidad de todo el país y disfrutando (y a veces sufriendo por las enchiladas con chile “campana” que siempre “pica y repica” cuando va de “salida”) de la comida de nuestro país, muy especialmente Oaxaca. Pero aquí le paro y dejo estas experiencias “pa’l siguiente compa” como dicen en el Norte.

Jorge Enrique Macías

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